El Barça se medirá con el Madrid en la final, después de que una diana del Tiburón concrete la superioridad azulgrana del primer acto y de que el orgullo del Atlético no sea suficiente después
Los antecedentes prácticamente aconsejaban encajar el primer gol, ninguno de los tres partidos del curso se lo había llevado el equipo que inauguró el marcador, pero hete aquí que el cuarto (y último) fue el bueno. Flick había apostado por Ferran, Flick volvió a salirse con la suya. Porque, paradojas del fútbol y la vida, El Tiburón fue el único que pescó. Para meter al Barcelona en una final de Copa, 26 de abril en La Cartuja, que definitivamente será de estilo Clásico. El Atlético ha llegado hasta donde podía llegar. Hasta donde le han dado con la puerta en las narices. Se abre la veda del Cholo, faltaría más. Del que acepta cualquier desafío por complicado que suene, por complicado que termine siendo.
Por debajo en el marcador como estaba, la mejor noticia del partido para el Atlético al descanso era el marcador. Porque la ventaja mínima adquirida no reflejaba la abrumadora superioridad hasta entonces de un Barça excelso, que en el primer minuto estuvo a punto de marcar y en el último aún rondaba la portería de Musso. Entre uno y otro, exhibición. A las órdenes de Lamine, que ya había mostrado las garras en aquella del arranque, providencial Giménez, pero que luego fue guante de seda hasta que en el ecuador de ese primer acto dirigió la pelota entre un bosque de piernas allá donde la esperaba Ferran.
Sí, otra vez Ferran, que definitivamente circula por el Metropolitano como por su casa. Flick había apostado por su titularidad para que respirara Lewandowski y el 11 volvió a exhibir su envidiable estado de forma para triunfar en el mano a mano que había propuesto su compañero. Lo de Lamine resultaba tan insultante que, en la búsqueda de soluciones, a Simeone volvió a salirle cruz. Porque, atendiendo a que Reinildo nunca pudo con el muchacho, el técnico local buscó aliados primero con Giuliano, después con De Paul, por fin con Griezmann, todos ellos acostados a la izquierda en los 48 minutos relatados.
Lo del argentino sorprendió especialmente, su capacidad para manejar el timón orillada para que fuera perro de presa. En efecto, justo ahí fue cuando Yamal agarró la pelota en tres cuartos para dibujar la jugada del único gol azulgrana. Pudieron caer más, suyos o de sus compañeros, Musso sacó por ejemplo otra clara de Raphinha, pero no cayeron. Y por eso aún había eliminatoria para cuando decretó el camino hacia los vestuarios el Munuera del silbato, auxiliado por el Munuera de la tecnología. Encantados de conocerse uno y otro, escrito sea de paso.
El Atlético recetó jarabe de palo en el arranque, pero lo que a uno le parecía roja para Azpilicueta, al de la pantalla, al otro le pareció antes y después amarilla, al del césped. Así anda el fútbol español. Luego cayeron tarjetas a diestro y siniestro mientras el Atlético procuraba capear el temporal y apenas exhibía en la hoja de servicios un cabezazo desviado de Le Normand al saque de una falta lejana. El Julián contra el mundo se resolvía sin consecuencias, y sin noticias de Griezmann, así que el partido se jugaba en el otro campo. Donde mandaba Lamine, buscado incluso en largo por Szczesny si resultaba menester.
Simeone hizo un triple cambio que suponía una enmienda a la totalidad, dentro Lenglet, Galán y Sorloth, fuera Giuliano, Azpilicueta y Reinildo para jugar con tres centrales, dos carrileros y tres amenazas arriba. Fuera por eso, fuera por un arranque de orgullo, el caso es que el Atlético por fin enseñó cartas. Pero, desgraciadamente para su equipo, el noruego iba de farol. Porque De Paul lo había dejado ante el meta rival en esa suerte que tan bien se le venía dando con la azulgrana enfrente, pero esta vez fue que no. Cierto es que Raphinha también anduvo enseguida cerca del segundo, justo antes de que Flick tomara medidas.
Araujo y Eric suponían otra declaración de intenciones, aún quiero hacerte daño pero también voy a tratar de que no me lo hagas tú. El partido ya tenía dos equipos, definitivamente, y de hecho Sorloth acertó a la segunda, asistido por Julián, pero partiendo de posición adelantada. Su gozo en un pozo. Y el de la grada. Porque el paso de los minutos convertía en misión imposible el empate que hubiera dado paso a la prórroga para un Atlético al que le faltaba oxígeno ya y que despedía a Griezmann en el último movimiento para que Riquelme intentara lo que nadie iba a conseguir.
Aún tiró de Flick de Gerard Martín por Lamine por si quedaba alguna duda de que esta vez el fin justificaba los medios y de que no hacía falta alcanzar la media goleadora de una temporada asombrosa en ese sentido. Con la muesca de Ferran iba a ser suficiente para encargar otra final con el Real Madrid enfrente. Como la de Arabia hace escasos meses. Como la de Valencia en 2014, por lo que a la Copa respecta y buscando el último precedente. El fútbol español, para desgracia del Atlético y alegría de unos cuantos, se ha convertido en un mano a mano entre azulgranas y blancos. Con Musso incorporado al ataque, Araujo aún despejó la última.